Revista de la Cátedra II de Psicopatología | Facultad de Psicología | Universidad de Buenos Aires
ANCLA 7 - "Locuras y perversiones II"
Septiembre 2017
INTERMITENTES

Ciencia, semblante y transmisión del psicoanálisis

Guido Crivaro

Intentaré hilar una serie de reflexiones a partir de un hecho que podría resultar anodino, o por lo menos lateral a los temas que nos ocupan hoy en psicoanálisis. Pero ocurre que con frecuencia nos encontramos, al finalizar alguna exposición en nuestro medio, el medio analítico, con comentarios del tipo "la segunda parte se me hizo un poco larga…", "¡me fascinó!", "me aburrió un poco", "me torró", es decir comentarios que se condicen mucho mejor con lo que suele sucedernos con un espectáculo de índole, digamos, teatral o cinematográfica. Avanzaré sobre esta cuestión guiado por la hipótesis de que en esos comentarios, de apariencia nimia, se juega algo central del acto de transmisión. La temática de la transmisión en psicoanálisis se aborda por lo general desde la perspectiva del que transmite; en esta oportunidad, por el contrario, el eje estará puesto en el lugar del otro participante de la situación (aunque no puede obviarse que en última instancia debe tratarse de un entre). Desde ahí, avanzaré articulando algunos de los elementos que componen la situación de transmisión, sobre todo lo que tiene que ver con la letra y el semblante, con el fin de poner el acento sobre ciertos efectos que parecen entorpecer el acto de transmisión. Finalmente, intentaré precisar el lugar y la importancia de la dimensión del amor en dicho acto.

Parece ser un hecho que el mercado del saber nos atraviesa. Nada le impide al saber circular como una mercancía más, y de hecho lo hace. Y tal como Marx lo entrevió mejor que nadie, la mercancía obtiene su brillo fetichista justamente de lo que encubre, que en lo que a Marx respecta tiene que ver con las relaciones -sociales- de producción. En las páginas que le dedica en El capital a "El carácter fetichista de la mercancía y su secreto" este último remite a que la mercancía, en su opacidad, en su misterio, vela algo que no se sabe, y que no se controla (Marx 1867, 90-91).

Apelo a esta única referencia marxiana para poner el acento sobre algo que -creo- ocurre con frecuencia en nuestra parroquia cuando escuchamos a alguien presentarnos el producto de su trabajo. Este último podría caracterizarse como un ensamble de problemas y fragmentos de saber que bordean un agujero. Sin embargo, comentarios como los mencionados más arriba indican que inevitablemente se interpone allí algo que tiende a velar -¿de modo fetichista?- esa estructura. Mi intención es indagar ese algo que parece declinar en los dos polos del adormecimiento o la fascinación, y que atañen así a la cuestión de la transmisión.

¿Será que el mercado del saber que nos atraviesa nos empuja imperceptiblemente a la posición del consumidor, más o menos insatisfecho? Esa sola pregunta invita a otra, la de aquello que se satisface en aquel que presencia una situación de transmisión. Pero ¿es que algo se satisface ahí? ¿De qué goza el que se dispone a escuchar a alguien hablar, por ejemplo, de psicoanálisis? ¿Pero es que goza efectivamente de algo?

No podemos asegurarlo, pero los comentarios indicados al comienzo, aun en su carácter anecdótico, por su similitud con los comentarios que suscitan los espectáculos escénicos, nos llevan a suponerque hay algo en juego ahí del orden del goce de la contemplación. Si es así, en absoluto creeríamos que se trata del único aspecto relevante operando allí[1]. Pero si es así, ello pone frente a nosotros un aspecto interesante de la cuestión de la transmisión.

Letra, matema y semblante:

Si bien la dimensión por llamarla así, escénica, es una dimensión ineludible de la situación de transmisión, una condición necesaria para que algo pase como saber, la insistencia con comentarios como los ya mencionados, que ponen tan en primer plano la dimensión contemplativa, resulta sugerente respecto de un punto: el que hace a los vínculos entre, por un lado la contemplación y, por el otro, lo que instituye la ciencia moderna -si no olvidamos que, al menos para Lacan, el psicoanálisis es hijo de lo que se inaugura con esta última-. Y ese vínculo, podríamos afirmar, al menos desde cierto punto de vista, es de oposición.

Sobre este punto J.C. Milner señala que a partir de la "revolución galileana" el objeto de la ciencia será la naturaleza empírica, pero a condición de que la ciencia sea una ciencia "íntegramente matematizada". Con ello, agrega, "las cualidades sensibles [de esa naturaleza sobre la que ahora operan las fórmulas matemáticas] pierden toda pertinencia" (Milner 2002, 191, los corchetes son nuestros). Milner se ocupa -siguiendo sin dudas a Koyré- de subrayar el corte entre la episteme antigua y la ciencia moderna: mientras que la physis, más propia de la episteme antigua, "era un despliegue del que el ojo humano debía hacerse espectador deslumbrado o atento" (Milner 2002, 191), en eso que instala la ciencia moderna, galileana, matematizada, el ojo del científico ya no cuenta[2].

"Si, si, muy bien", dirá alguien, "¿pero qué tiene que ver todo esto con la cotidianeidad, casi la rutina, de nuestro presenciar una situación de transmisión de temas psicoanalíticos?". Lo que se decía en el párrafo anterior apuntaba a poner de manifiesto un contrapunto, una oposición, entre lo que es de la índole del espectáculo -del mundo o de lo que sea- inseparable de la contemplación como tal, y lo que instaura la ciencia moderna. Ésta última es inseparable de la función de la letra; y la letra, al menos según Lacan, "se distingue, luego, por ser ruptura del semblante, disuelve lo que era forma, fenómeno, meteoro. Como ya lo señalé, eso es lo que la ciencia produce al inicio, de manera sensible, sobre formas perceptibles" (Lacan 1971, 113).

"Si, ¿y entonces?", se impacienta nuestro interlocutor imaginario. Entonces propongo pensar los efectos mencionados más arriba -adormecimiento, fascinación- como determinados por la incidencia inevitable del fantasma, que es el que rige esa posición contemplativa. Si decimos del fantasma, eso es decir: inseparables de la función del semblante. Y por inevitable que sea dicha incidencia, vale la pena indicar el modo en que resulta resistencial, refractaria, al efecto de la letra en la transmisión.

¿Pero cuál es el lugar de la letra o de la formalización en nuestras situaciones de transmisión? No se trata de una cuestión simple ni lineal, y su complejidad no admite reduccionismos ni planteos maniqueos. Incluso podríamos preguntarnos si el afán de Lacan por alcanzar una transmisión integral vía el matema, en tanto letra, no tiene mucho de problemático. A nuestro entender, sí, lo tiene. De hecho, en el Seminario 20 dice: "La formalización matemática es nuestra meta, nuestro ideal. ¿Por qué? porque solo ella es matema, es decir, transmisible integralmente. La formalización matemática es escritura, pero que no subsiste si no empleo para presentarla la lengua que uso. Esa es la objeción, ninguna formalización de la lengua es transmisible sin el uso de la lengua misma" (Lacan 1972-73, 144). Es decir que a continuación de plantear la posibilidad de una "transmisión integral" pasa a decir que a partir del matema se habla; podríamos decir que se "vuelve" a la palabra, y con ella, agregamos nosotros, al malentendido, y a esa especie de babel lacaniana frente a la cual conviene no rasgarse las vestiduras ni escandalizarse demasiado.

Entonces, planteo una oposición, que no puede ser absoluta, entre la letra y el matema por un lado, y el semblante por el otro. Y con ella apunto a interrogar la incidencia singular del fantasma, subsidiario del semblante, condición y obstáculo en el encuentro con el otro, en la situación de transmisión. "No es sin eso", se dirá, y con razón. Y se aludirá, con más razón aun, a la transferencia. Por eso aclaro: condición y obstáculo, y apunto a ciertos aspectos precisos de eso que hace obstáculo. Por lo demás, volveré más adelante sobre el lugar de la transferencia, es decir el amor.

Si se me lo permite, se podría ilustrar el planteo por medio del absurdo. Imaginemos la siguiente situación, completamente inverosímil: alguien, en posición de transmitir algo, ingresa al aula, escribe, mudo, en silencio absoluto, matemas en la pizarra y se retira. Del otro lado, sentado en la silla, en su pureza insustancial, el sujeto de la ciencia. Afortunadamente, y por las mejores razones, eso no nos sucederá jamás, al menos en nuestro medio. Sería el colmo de la formolización (Schejtman 2013, 57), el reino absoluto de las arduas álgebras de las que hablaba Borges (Borges 1923, 59)[3]. Entonces no, nadie va a encarar de ese modo la tarea de transmisión; simplemente desarmo así artificialmente la situación de transmisión para palpar mejor sus elementos y cernir un posible problema. Y del otro lado, si no se trata del sujeto de la ciencia en su desnudez ¿qué es lo que hay? La evidencia parece indicar que se trata de… cuerpos. Y su séquito, que incluye, anudados, al moi, al fantasma… ¿Y no es desde este último que se organiza para el percipiens el campo de lo visible? Con lo cual volvemos al problema inicial, el de la pregnancia inevitable de lo que se deriva del semblante, y sus efectos en la transmisión tal como la propone Lacan[4]. Insisto, que sea inevitable no nos inhabilita a plantear un problema que acaso pueda resultar útil.

En cuanto al moi, Milner es taxativo: "El yo (moi) tiene horror de la ciencia, el yo (moi) tiene horror de la letra como tal, la ciencia moderna en tanto literal, disuelve lo imaginario" (Milner 1995, 59). J. Kahanoff plantea algo similar, aunque de un modo un poco más divertido, dice: "La tierra no se mueve. No sé por qué vamos a creer esta idea absurda de que la tierra es un bólido que gira a una velocidad vertiginosa sobre sí mismo y alrededor del sol. […] para el único para el que la tierra se mueve, […] es para el sujeto de la ciencia. Para nosotros sigue siendo fantasma" (Kahanoff, 2000, 51). Es decir que por estructura nos plantamos en el mundo desde una posición contemplativa.

La pregunta, entonces, sería ¿cómo opera esta estructura cuando nos disponemos -es el caso que elegimos- a escuchar a alguien intentar transmitir algo en psicoanálisis? Casi nos vemos llevados a plantear que el modo en que nos llevamos con el semblante determina el grado en que logramos sintonizar con lo que allí se intenta formalizar, trasmitir como problema, ya que "nada es más distinto del vacío cavado por la escritura que el semblante" (Lacan 1971, 117). Y nos preguntamos eso desde un lugar que no es el de los "desengañados" del semblante, o el de los desencantados, cabe la aclaración: la oposición entre el semblante y lo real no conlleva una exclusión neta o absoluta, ya que el semblante puede morder lo real… en la letra, que por eso es litoral (Lacan 1971,22). Pero el punto es que para que algo de lo real se muerda en la situación de transmisión –si no es muchísimo pedir- el semblante ha de sufrir su herida. ¿No es algo de eso lo que le ocurre a Freud cuando exclama "mis histéricas me mienten"? Se podría decir que la enunciación allí indicaría un "yo les creo –o les creía- a mis histéricas". Luego, es la caída o la conmoción de una creencia de Freud lo que puede inaugurar el lugar y la función de la fantasía en la teoría psicoanalítica, permitiendo de ese modo un avance de esta última[5].

Partimos de una situación casi banal y desde allí llegamos a interrogar la vecindad entre la letra científica y la letra en el psicoanálisis, y el vínculo, en ambos casos, con el semblante. "Hace mucho que el hombre sueña con la luna", dice Lacan en el Seminario 18 (Lacan 1971, 139), indicando con la luna el lugar del semblante. "Ahora puso el pie en ella" (Lacan 1971, 139) concluye, agregando que la huella del pie en la luna es equivalente al S de A barrado, una, no cualquiera, de sus famosas letritas. La luna es semblante por excelencia, semblante en el que se sostiene el anhelo del poeta, quien la contempla embelesado; el S de A barrado es lo que se escribe cuando se perfora ese semblante.

Para terminar, podríamos reformular el planteo mediante las siguientes preguntas: ¿cómo disponemos nuestro cuerpo allí? ¿Es un despropósito pensar que si lo disponemos a escuchar algo allí es a los fines de mejorar nuestra posición? ¿Y cómo pretendemos mejorarla sin perder algo?[6] Es justamente en este punto contingente de pérdida, donde algo de la castración se pone en juego en el lazo con ese otro que nos habla, donde ubicaría el lugar preciso del amor en el acto de transmisión. Y si el amor toma su lugar allí, algo del goce -¿de la contemplación?- deberá condescender al deseo… Porque si no se trata de esto último, si no se apunta a mejorar nuestra posición, mediando dicho advenimiento de la dimensión amorosa, ¿de qué se trata? Y en el caso de que sí se trate de eso ¿Qué movimiento sería menester para que el lazo con los otros y el acceso al saber resulten menos entorpecidos por los juegos del prestigio[7], ciertos efectos maliciosos del ego, la sordera del fantasma, todos ellos avatares del semblante? Ni hablar del narcisismo de las pequeñas diferencias, que puede hacer estragos. ¿Es que la respuesta se clausura con nuestro interlocutor imaginario apelando a "el propio análisis"?

¿Bastaría con pagar cash? Parecería que no: ¿cuantas veces pagamos la entrada al cine para dormir en la sala oscura y al salir, limpiándonos la baba, decirle al partenaire de turno "la siesta más cara que me dormí en mi vida"? Nos queda la esperanza de que a partir de un hecho, insistimos, quizás aledaño a los temas que nos ocupan hoy en psicoanálisis, tuvimos la oportunidad de dar un rodeo por las relaciones entre la letra, el semblante y el amor en la transmisión. Y también sobre el lugar posible de algo que podríamos llamar, quizás, un "deseo de no dormir".

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

  • Borges, J. L. (1923). "Líneas que pude haber escrito y perdido hacia 1922".En Obra Poética. Ed. Emecé. Buenos Aires. 1989.
  • Kahanoff, J. (2000) "Disimetría temporal". En Lecturas del Seminario Lacaniano, Las marcas de la época, 13/14. Publicación del Seminario Lacaniano. Julio de 2000. Buenos Aires. 51-56.
  • Lacan, J. (1971) El Seminario, Libro 18: De un discurso que no fuera del semblante. Ed. Paidós, Buenos Aires. 2011.
  • Lacan, J. (1971) "Lituraterre". En Otros Escritos. Ed. Paidós. Buenos Aires, 2012.
  • Lacan, J. (1972-73) El Seminario Libro 20: Aun. Ed. Paidós, Buenos Aires. 2001.
  • Marx, K. (1867) El Capital, Tomo 1, Volumen 1. Ed. Siglo XXI. Buenos Aires. 2002.
  • Milner, J.C: (2002) El periplo estructural. Figuras y paradigma. Amorrortu Editores. Buenos Aires, 2003
  • Milner, J.C (1995) La obra clara. Lacan, la ciencia, la filosofía. Ed. Manantial, 1996.
  • Schejtman, F. (2013) "Clínica psicoanalítica: Verba, Scripta, Lectio". En Psicopatología: clínica y ética. Ed. Grama. Buenos Aires. 2013. 17-65.

NOTAS

  1. Así como tampoco aseguraríamos, ni mucho menos, que en la experiencia teatral se trataría, sin más, de la contemplación, puesto que el modo en que concierne al cuerpo del espectador excede en mucho a esa parte del cuerpo –el ojo-.
  2. Las itálicas son nuestras.
  3. "Las arduas álgebras de lo que no sabremos nunca", escribe Borges, lo cual no deja de resultar sugerente para nosotros.
  4. Al menos en la cita de Aún que recién comentábamos.
  5. De un modo análogo al de la carta a Fliess del 12 de Junio de 1900 sobre "el secreto de los sueños", Freud podría haber soñado con una placa en la que se leyera: "En el día de la fecha, en tal lugar, se ha producido para Sigmund Freud la caída de un semblante…"
  6. Ver nota 3.
  7. Por el contraste, sirva como referencia para este punto la respuesta de Frege a Russel cuando este último le señala, en la correspondencia que mantenían, un error en la obra de su vida, que estaba a punto de publicarse, y que prácticamente derribaba todo el edificio. Dicha respuesta resulta casi conmovedora; aunque dejamos al lector la indagación de los motivos de esta afirmación. Parte de dicha correspondencia está citada en Matemas II, de J. A. Miller.